jueves, 22 de diciembre de 2011

Hotel 666: El comienzo. Capítulo 4


CRIMINAL

Ariadna abrió los ojos. Se encontraba en su habitación nueva, sin nadie. Sólo le acompañaba el sonido silencioso del silencio. Miró por la ventana para ayudar a activar su cerebro y se dio cuenta de que era de noche. El trauma de Baphomet le había causado un daño de varios días y ya parecía más calmada. 
''Vuelve...vuelve...''
Las palabras de aquella horrible escena todavía seguían atormentando su mente. El deseo de liberarse por fin se contraponía a su escaso nivel económico. Se acomodó de nuevo en la cama y agarró con fuerza la almohada. La olió. Lavanda. Las sábanas de su casa de Madrid también olían a lavanda. Una lágrima cayó por el rostro de la chica. Cerró los ojos y pensó en aquel infierno que le atormentaba tantas veces, en aquella escena que difícil sería olvidar.
- ¡No me vas a mandar a callar nunca más!
- ¡Por si no te has enterado aquí mando yo, y harás lo que yo diga!
Ariadna corrió a su habitación, presa del pánico pero con la chispa suficiente de valentía para plantarle cara a su novio.
- ¡Abre la puerta! ¡Abre ahora mismo!
- ¡Déjame en paz! ¡Voy a llamar a la policía!
La chica cogió el teléfono y marcó los números rápidamente. Su mayor pánico derribó la puerta de dos fuertes patadas y la cogió del cabello, retorciéndole las raíces.
- Escúchame zorra, te vas a portar bien, ¿me oyes?
- No eres nadie para decirme lo que tengo que hacer.- dijo Ariadna entre lágrimas y aguantando la presión en su cabello.- Soy libre. 
El novio de la chica le dio una bofetada a ésta y la tiró al suelo de un fuerte empujón. Acto seguido, le bajó los pantalones y le puso la mano en la boca, intentando hacerla callar. Ariadna no paraba de llorar, esta vez, muerta de miedo. El chaval se bajó la bragueta y se dispuso a violarla. Al contemplar el panorama, la chica le dio una patada en sus partes e hizo que cayera redondo al suelo, muerto de dolor. Pero la furia de aquel chico no acababa ahí. Arrastró a su víctima por la cocina y le clavó un cuchillo en el pecho.
- Dulces sueños, zorrita.
Ariadna pidió ayuda como pudo por la terraza, que conectaba a la casa del vecino. Esa noche quedaría profundamente en el recuerdo de Ariadna, que hizo las maletas poco tiempo después y se marchó de la ciudad.
La chica se despertó de repente, sudando a mares. Pablo entró en la habitación agitado, intrigado por saber lo que le pasaba a su amiga. Gabriel le acompañaba.
- Tranquila, no pasa nada...
- Está aquí, Pablo. ¡Ese criminal está aquí!
- ¿Criminal? ¿De qué hablas, Ariadna? Sólo ha sido un sueño.
- Dios...dios...
Cuando la situación parecía tranquila, Gabriel se presentó a la chica. Su mirada angelical hizo que los ojos de Ariadna se fijaran directamente en los suyos. Su pelo rubio rizado parecía bordado en oro y su sonrisa blanca como la nieve relucía en el mediodía. La intensa mirada de los chicos hizo que Pablo se pusiera nervioso.
- Ariadna, vamos a desayunar. Se hace tarde, y estarás hambrienta, ¿no?
- Sí, vamos...
La habitación de las torturas había causado furor en el desayuno. Todos hablaban de aquel tema como si de una novedad musical se tratase. Débora contemplaba a sus amigos sentados en la mesa y comiendo, como si vigilara por si iba todo bien. La hora del desayuno fueron eternas para Ariadna, que no dejaba de pensar en la paranoia que había tenido minutos antes en su habitación. Estaba sudando de nuevo y los pensamientos le abrumaron las ideas. Todo era un caos en la mente de la chica. Habían pasado demasiadas cosas juntas como para que ella pudiera ser consciente. 
- Ari, preguntan por ti en recepción.- dijo Marilin acercándose a la mesa de la chica, donde también estaba Pablo.
El corazón de Ariadna dio un vuelco. No esperaba visitas. ¿Quién podría ser? Con una fuerte cuerda rompiéndose en su corazón, caminó a paso lento y desconfiado hacia el recibidor, donde le esperaba una sombra negra como el carbón, mirando por el ventanal grande de la entrada.
- ¿Sí?
- ¿Creías que te ibas a escapar de mí tan fácilmente...zorrita?
Al escuchar aquellas palabras llenas de odio, Ariadna dio tres pasos para atrás y echó a correr hacia dentro del hotel. La sombra le perseguía adonde iba, sin perderle el rastro.
- ¡Déjame! ¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí! ¡Vete! Ayuda...
Las fuerzas para correr se debilitaban en el cuerpo de la chica. Había recorrido todo el pasillo central y estaba destrozada. Con el miedo estampado en la cara, se encerró en la habitación de las torturas. La sombra se paró ante la puerta y la luz del techo dejó ver a un hombre de unos veintisiete años bastante estropeado para su edad. Derribó la puerta y entró. Ariadna no estaba. Seguramente se había escondido. Miró hacia todos los lados y solo miró horrorosas máquinas y herramientas de tortura. Observó la dama de hierro y sonrió. 
- Ahí estás...zorrita.
Ariadna, que permanecía oculta tras una cuna de Judas, observó como el criminal abría la dama de hierro y se asomaba en el interior para ver si su víctima estaba allí. Y entonces, en una mirada de relámpago, observó que en la pared estaba de nuevo el rostro de Baphomet. Y como por arte de magia, la dama de hierro se cerró, capturando en su interior al dolorido delincuente.  La chica lanzó un alarido al aire. Los demás llegaron al escuchar los gritos a la habitación y observaron a Ariadna asustada como un cervatillo en la noche. 
- ¿Qué ha pasado, Ari?- dijo Marilin mirándola con ojos como platos.
- Ba...Baphomet...ha matado a ... lo ha matado...
- ¿Qué? No te entiendo. 
Ariadna señaló la pared. Y allí estaba, el rostro del demonio, desapareciendo poco a poco después de acabar la faena. Después señaló la dama de hierro cerrada y pidió a Débora que la abriese.
- Díos mío...- exclamó Miguel al ver el cadáver del novio de Ariadna.
- Él vino a por mí... me quería matar. Me escondí aquí y creyó que me ocultaba tras esa máquina...algo cerró la dama...- rompió a llorar.
Gabriel examinó el cadáver y se quedó sorprendido al ver que las púas no habían pasado por ninguno de los órganos vitales del asesino. Se acercó al pecho del criminal y puso la oreja en él.
- Este hombre no está muerto. Está inconsciente, pero vivo.- sentenció el chico mirando a los demás.

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