miércoles, 3 de abril de 2013

Contigo hasta el final



CONTIGO HASTA EL FINAL

Un denso manto plateado adornaba los cielos de París aquella mañana. Era temprano y el Sol amenazaba con no salir evitando cumplir con su función de cada día. Vincent observaba desde su sillón a la gente pasar más allá de su jardín. La gente de la ciudad iba de un lado para otro. París empezaba a funcionar. Algo raro en el cielo cambió de repente mientras el anciano se entretenía mirando a sus vecinos enfadarse con los primeros conflictos comerciales del día: estaba lloviendo. Las gotas caían del cielo a una velocidad que a Vincent le pareció increíble. Todas ellas se iban estampando contra el cristal de la gran ventana del salón.
- El perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra. Es dos veces bendito; bendice al que lo da y al que lo recibe.
- William Shakespeare.- dijo una voz entrando por la puerta. La mujer que acababa de contestar a Vincent tenía una bandeja en la mano con un café recién hecho. El olor de aquella magnífica esencia inundó todo el salón. Vincent pudo notar como se le colaba por las fosas nasales e impregnaba de placer su nariz.
- Gracias por el café, Victoire.- agradeció el anciano, dirigiéndose a la criada. Victoire le sonrió y se sentó a su lado. Vincent seguía contemplando la lluvia, en silencio y agarrado a su bastón, apoyado en el suelo. La criada intentó buscar en su mirada algo que le preocupara, pero se dio cuenta de que Vincent siempre estaba triste desde que le pasó aquello. Entonces comprendió que hasta el final de sus días sería un hombre que miraría a la lluvia, retándola, buscando venganza, como si las finas gotas que sentenciaban su final en el cristal tuvieran la culpa de su desgracia.
- La señora está comportándose de manera extraña. Supuse que quería ir a hacer sus necesidades, pero cuando fuimos al baño no hizo nada. Tampoco es el hambre. Creo que le duele algo. Es mejor llamar al doctor.
- Te puedo asegurar que aunque yo esté bien, tanto ella como yo sufrimos en silencio, Victoire.- dijo Vincent bajando la cabeza. La criada se percató del tono de tristeza que el anciano había añadido a sus palabras. Pensó que era mejor no decir ni una palabra más y, recogiendo la bandeja y observando el café por última vez, abandonó la habitación. Antes de cerrar la puerta del todo miró hacia la ventana y después miró atentamente a Vincent. La última estampa que tuvo de él antes de irse fue la de un anciano comenzando a derramar lágrimas inevitables. Cuando Victoire abandonó la sala, Vincent se sumergió en sus recuerdos, ante el amparo de la lluvia de París.
La vida de Vincent nunca fue agradable. Creció en Alemania, en un orfanato sucio y lúgubre. Nada se sabía de sus padres. Algunos decían que habían sido asesinados por unos empresarios que les debían dinero. Otros comentaban de lado a lado que la muerte había sido causada por un accidente de coche. No tenía familia, ni amigos. La gente que le rodeaba se comportaba mal con él: le insultaban, le pegaban y le humillaban, riéndose de él. El entretenimiento favorito de los niños del orfanato era recordarle todos los días y a todas horas lo solo que estaba, soledad que acabaría por marchitar su infancia.
Cuando cumplió dieciocho años, un hombre realmente extraño visitó el orfanato por la noche. Era un día lluvioso y nublado. Vincent nunca había oído hablar de él. A pesar de que el misterioso personaje nunca desveló su identidad, el desgraciado chaval pudo salir del infierno en el que había vivido toda su infancia y adolescencia. Todos los intentos de saber su nombre fueron en vanos para Vincent. Tras muchas veces insistiendo, el extraño se dignó a responderle al chico, pero como era de esperar, con un nombre clave: Noir. Noir le dijo a Vincent que lo llamaría así durante todo el tiempo que estuviera con él, ya que, debido a deudas y problemas personales, lo buscaban. Vincent pensó que esa podía ser la verdadera razón por la cual Noir no desvelaba su verdadera identidad. En lo que se refería a trato, el chico estaba muy contento. Noir lo llevó a su mansión de París y lo instaló. El hombre no tenía familia y vivía solo con su criada. Vincent había descubierto el verdadero sentido de la libertad. Noir le daba todo lo que deseaba. Podía ir a los sitios que quisiese. Podía hacer lo que le apeteciera. El mundo se abría a un nuevo Vincent que estaba dispuesto a vivir su vida de verdad, sin compañeros de orfanato que intentaran destruir su existencia.
El chico se rindió muy pronto a uno de los placeres que durante toda su vida había sido un pecado mortal para él, siendo algo desconocido para todos sus sentidos: el amor. Vincent se enamoró de una chica un año menor que ella, pero ésta era muy egoísta e independiente y debido a su trabajo de modelo, nunca disfrutaba de su intimidad con Vincent. Éste, que trabajaba de periodista colocado por Noir, pensaba que él era el culpable de todos los infortunios de su relación con Mariela, que así se llamaba la individualista modelo. Pasó el tiempo y Vincent se apartó cada vez más de Mariela, dejándole espacio para lo que ella consideraba su vida: su imagen. Con una punzada de dolor en el corazón, una noche fría de invierno en casa de ella, la miró a los ojos y le expresó su desesperación a través de su mirada. Mariela, confusa, no se daba cuenta de que Vincent quería pasar más tiempo con ella y acabó por irse a su habitación, rota en lágrimas. El chico sintió como si la lava de un volcán en erupción le atravesase el cuerpo, quemando lo más profundo de su alma. Mariela no quiso saber nunca más nada de él. Para Vincent, el hecho de que la relación se acabara supuso un gran alivio para él. Él la amaba, sí, pero ella no ponía de su parte todo lo que a él le hubiese gustado. Más tarde comprendería que, en realidad, ella no había hecho nada para resucitar la relación.
La vida pasaba ante los ojos de Vincent como un huracán de sentimientos. Le gustaba su profesión de periodista cultural. Además, estaba muy contento con su sueldo y su nivel de vida. Había dejado años atrás su búsqueda de la verdad por la identidad de Noir. Se limitó a pensar que él lo había salvado de aquel infierno que durante toda su infancia fue su prisión eterna, y que no tenía derecho a violar la intimidad de su héroe. Aún así, durante toda su vida, Vincent había pensado que Noir escondía secretos que ni los más perspicaces detectives podían descifrar. Una vez, cuando el aliento de la primavera estaba empezando a rozar las cálidas y alegres flores del jardín de la mansión, Vincent descubrió a Noir llorando en una de las habitaciones. Cayó en la cuenta de que aquella misteriosa sala siempre había permanecido cerrada y pocas veces había visto a Noir entrar en ella. Su héroe estaba doblando un papel con delicadeza y lo estaba colocando dentro de un libro. Vincent no podía descubrir de qué libro se trataba porque observaba a Noir desde la puerta, que estaba entreabierta. Noir colocó el libro en la estantería que tenía enfrente y se secó las lágrimas. Se giró y apoyó las manos en la pared, rompiendo de nuevo a llorar. La habitación estaba muy sucia y parecía una especie de escritorio viejo. Había un cuadro que adornaba la pared del fondo. Noir se acercó a él y lo acarició. El cuadro retrataba a una mujer bellísima. Parecía como si hubiera sido engendrada por los mismos ángeles. Vincent nunca había visto a aquella mujer de extrema belleza ni había oído nunca su voz, pero aún así, se la imaginaba como una melodía dulce y celestial, capaz de amansar hasta el más temible de los monstruos. Noir se contuvo las lágrimas por segunda vez.
- Algún día lo encontrará, Isabelle.
Esas palabras se quedaron grabadas en el corazón de Vincent para siempre. Las lágrimas del hombre que lo había salvado y la intriga de la carta que había introducido en el libro habían despertado en él un torbellino de confusión que se acrecentó más cuando oyó el triste tono de voz que Noir había dirigido al cuadro, que presentaba a la preciosa Isabelle. ¿Quién era Isabelle? ¿Por qué Noir nunca le había hablado de ella? ¿Qué se supone que se debe encontrar, y quién lo debe hacer? La confusión, el misterio, la intriga y la desesperación acabaron por acompañar a Vincent durante todo su camino.
Poco a poco los recuerdos de Isabelle y de Noir se fueron desvaneciendo de la mente de Vincent, aunque recordaría los fósiles de aquellas memorias por siempre. Noir murió una fría noche de invierno cuando Vincent tenía treinta años. Había contraído una rara enfermedad que los médicos no podían descubrir y murió en la cama rodeado del único que le había hecho feliz en toda su vida: su hijo adoptivo Vincent. Aquella noche sería recordada por todos los habitantes de París. Una fuerte tormenta azotó la ciudad destrozando varias estructuras y dañando a varia gente. Noir expiró tras caer un rayo en la mansión que paralizó toda la electricidad, dejando la vivienda a oscuras. Cuando Vincent encendió una vela, se dio cuenta de que la de Noir se había apagado ya. Tapó con las sábanas a su salvador después de besarle en la frente entre lágrimas. El entierro fue unos días después. Sólo Vincent acudió con flores. Nadie más se presentó. El chico heredó la mansión y todo el dinero que tenía Noir en el banco bajo una cuenta falsa. Para limpiar su nombre, Vincent pagó todas las deudas que Noir había mantenido en vida tras descubrir unos papeles sobre su escritorio que lo delataban. Vincent decidió buscar el libro que había alimentado su misterio años atrás, el libro donde había escondido esa especie de papel doblado. Giró el pomo de la puerta y comprobó, para su sorpresa, que permanecía abierta. Había estado abierta desde el día en que murió Noir. Vincent pensó que Noir sabía que iba a morir pronto y dejó la tarea de buscar el libro a él, por lo que era el elegido de encontrarlo. Tras repasar todos los libros de la estantería y mirar las páginas una por una, Vincent se dio por vencido al caer la noche. La habitación iluminada tenía mejor aspecto que sin luz. El rostro de Isabelle brillaba unos metros más allá, reclamando la presencia de Vincent. Éste se acercó al cuadro y lo contempló. Isabelle seguía con la misma belleza que unos años atrás, pura e inigualable. Pero había algo extraño en su rostro. Vincent enfocó la mirada más detalladamente y un espantoso trueno lo asustó. Tormenta de nuevo. Vincent se dio cuenta de que, aunque pareciera increíble, Isabelle estaba llorando. El cuadro estaba vertiendo lágrimas reales, tan líquidas como las gotas de lluvia que se estampaban contra los cristales. Vincent corrió a enjugar aquellas gotas de pena tan rápido como pudo. Mientras lo hacía, los truenos y el sonido de la lluvia envolvían el ambiente en el viejo escritorio. Isabelle lloraba. Lloraba por la muerte de Noir. Pero aún así, la chica no perdía la belleza que la caracterizaba. Era realmente hermosa cuando lloraba. Y ni los gritos del cielo ni la lluvia egoísta interrumpían el llanto de Isabelle, el cual parecía no tener fin. Vincent decidió abandonar el escritorio, dejando a Isabelle cautiva de su silencio y víctima de su propia soledad inerte.
La vida de Vincent parecía llegar a su plenitud. A sus setenta y ocho años, daba por perdida la posibilidad de encontrar el amor y descifrar los secretos que formaban parte del mundo de Isabelle y Noir. La muerte de Noir y el llanto de Isabelle resonaban en su mente como melodías de luto. Todo era tristeza en su interior. Vivía con su criada en la mansión, recluido de la sociedad y de los que intentaban contaminarla. Había empezado a odiar a la gente de París. Él mismo se daba cuenta de que se estaba convirtiendo en un viejo asqueado y solitario, sin esperanzas de que su vida siguiera su curso hasta el final de una forma decente.
Una mañana de primavera, en la que el Sol brillaba en lo alto del manto celestial como una gran luciérnaga llena de viveza, Vincent recibió una carta que lo invitaba a asistir a una reunión de antiguos compañeros de orfanato. Se preguntó cómo le habían localizado y por qué le habían invitado a dicha celebración si él odiaba a muerte a todos y cada uno de los niños que amargaron su existencia durante toda su infancia. Vincent rajó la invitación en mil trozos y la quemó después de hacerla una bola de restos de papel. El fuego de la chimenea del gran salón se encargó de liquidar aquella invitación que fue considerada por el anciano como una falta de respeto y una burla imperdonable. Aún así, por la tarde se planteó el ir o no. Aquellos niños habían hecho de él un infierno con piernas, lo habían convertido en un ser despreciable durante su niñez y sólo cuando Noir apareció, Vincent volvió a nacer. Reclamando la venganza que le pertenecía, decidió acudir a la reunión para restregarles a todos los antiguos alumnos del orfanato lo feliz que era ahora, aunque su felicidad se hubiera esfumado años atrás con la muerte de Noir. El sobre de la carta rezaba una calle conocida por el anciano, a la que fue para iniciar su plan de ‘falsa vida’.
- Por aquí no se puede entrar, señor.- dijo una voz dulce a sus espaldas cuando Vincent se disponía a entrar en la gran casa donde se celebraba la reunión.
Cuando Vincent se giró para ver quien le estaba hablando, su corazón sintió una sensación extraña que le provocaba un gozo maravilloso. Era como si el eco de las palabras de aquella joven que estaba mirando fijamente se hubieran colado en su corazón, viejo y desgastado, y le hubieran iniciado el reloj de la vida de nuevo. La joven, de ojos azules y cabello moreno como el carbón que extraían los mineros de las historias de los libros de Noir, le sonrió y le condujo a la entrada de la casa, pues la que había decidido escoger Vincent estaba bloqueada por derrumbe. Más tarde, ya en la reunión, Vincent no solo consiguió despertar la envidia de sus antiguos compañeros gracias a su eficaz arte para mentir, sino que también consiguió averiguar el nombre de la chica que se había encontrado en la puerta: Juliette. Era hija de un antiguo alumno del orfanato, precisamente el que más odiaba Vincent: el viejo Isaac. Vincent comparó la belleza de la joven Juliette con el retrato de Isabelle, la supuesta amante o supuesta familiar del fallecido Noir. Definitivamente no podían compararse porque cada una era preciosa a su manera. Juliette, de ojos claros como el manantial cristalino que una vez Vincent fotografió en uno de sus viajes, y labios finos, impregnados de ternura. Isabelle, toda una hermosa mujer con una mirada desafiante y dulce a la vez, que derramaba pasión por donde quiera que deseara. A partir de ese día, Vincent no dejó de ver a Juliette. Obtuvo su dirección y su teléfono, y aunque, no se manejaba muy bien con los móviles, la llamó casi todos los días, sin importarle la edad ni las circunstancias. Tenía una edad muy avanzada y sentía que podía ser feliz los últimos años de su vida con ella. ¿Qué más dará si ella tiene veinticinco o treinta, y él setenta u ochenta? Lo importante es que Vincent se estaba enamorando poco a poco de ella, a base de llamadas tiernas y paseos por los Campos Elíseos, los alrededores de la Torre Eiffel y la catedral de Notre Dame. Juliette, que sentía que Vincent presentaba una mentalidad más joven de lo que aparentaba su físico, estaba muy a gusto con el anciano. Nunca nadie la había tratado tan bien. Los dos habían vuelto a nacer; y esta vez de verdad. Las tardes de café eran interminables por las calles de París, desafiando a los murmullos de la gente que veían con malos ojos la relación de amistad. ¿Qué importaba si había amor? Un amor por parte de los dos que ninguno se atrevía a confesar por miedo al rechazo.
- ¿Crees que la edad es un impedimento para el amor, Juliette?
- No existen barreras para el amor, Vincent. Mirarán por las esquinas, radiantes de envidia y de recelo. Pero la verdad es que…
- No me importa.- dijo Vincent leyendo el pensamiento de Juliette, que iba a decir exactamente lo mismo.
El silencio reinó en el banco donde estaban sentados. Nada más hizo falta para completar la escena. Nada más hizo falta para que Vincent besara a Juliette apasionadamente, como si entregara su vida al alma de la chica. En ese primer beso tierno y romántico iban lanzadas como balas las palabras ‘soy feliz, tarde, pero lo soy.’  El mundo se convirtió en un escenario de sensaciones para Vincent y Juliette, cuyos paseos y escapadas románticas les hacían amarse cada día más. A pesar de todo el cariño y toda la ternura que desprendían, Agatha, madre de la chica, se oponía a la relación tajantemente, ya que pensaba que una relación así solo llevaba a desgracias y soledad por parte de Juliette, que tendría que hacer frente a su dolor cuando Vincent no estuviera. A Juliette no le importaba que Vincent fuera mayor o menor, solo se preocupaba por hacerle feliz y pasar todos los días demostrándole a su madre que el anciano era un hombre vivo desde que salía con ella, todo un caballero que había vuelto a nacer y esta vez, mientras estuviera a su lado, no envejecería por dentro. Y así, ante la mirada llena de envidia de Agatha y la aprobación del viejo Isaac, que había cosechado una amistad increíble con su yerno, Vincent y Juliette se casaron en Roma dos años después de haberse conocido. Pero no fueron las miradas de odio de la madre de la chica las que la debilitaron meses después, sino una terrible enfermedad que la mantuvo en cama por semanas. Cuando parecía recuperarse, volvía a enfermar. Vincent sentía que la historia se volvía a repetir. La enfermedad que se había llevado a Noir estaba marchitando los pétalos de la juventud de su querida Juliette.
Vincent despertó de sus recuerdos. Era de noche y seguía sentado contemplando la lluvia, cuyas gotas habían sido testigos de desgraciados sucesos de su vida muchos años atrás. Se levantó de su asiento y cruzó el pasillo para ir al viejo escritorio. Mientras cerraba las ventanas para irse a dormir, algo se oyó dentro de la estantería. Los relámpagos iluminaron un libro que parecía querer asomarse. Vincent lo cogió y pudo observar que un papel que le resultaba conocido se cayó de su interior: una carta. Era la letra de Noir. Vincent leyó las palabras de la carta una y otra vez, sin dar crédito a lo que veía. Noir, el extraño desconocido que lo cuidó durante toda su vida, era su padre. Según rezaba la carta, Noir y su esposa, Isabelle, la madre de Vincent, habían escapado a Rusia por problemas con la policía y las deudas. Vincent, dejando caer las lágrimas por su rostro, miró por última vez el bello retrato de su madre y abandonó la habitación.
Juliette se encontraba medio dormida cuando Vincent abrió la puerta de su habitación y se puso de rodillas a su lado. Parecía como si Juliette estuviera inconsciente, con la pequeña diferencia de que tenía los ojos abiertos. Nada se podía hacer ya.
- ¿Me oyes, preciosa?- le susurró Vincent acariciándole el rostro entre lágrimas.
Vincent le agarró fuerte la mano, dejando que sus lágrimas la mojaran suavemente. Cuando el trueno más fuerte rugió en el cielo como una explosión, Juliette cerró los ojos para siempre. Envuelto en lágrimas y muerto de dolor, recordando sus viejos tiempos con su Juliette, Vincent se acurrucó junto a la chica y se fue con ella. En el escritorio, el retrato de Isabelle volvió a llorar. Definitivamente, el amor no conocía barreras.

martes, 2 de abril de 2013

El amargo sabor del fracaso




EL AMARGO SABOR DEL FRACASO

Salía de casa a las doce de la noche. La calle principal estaba totalmente a oscuras y hacía un frío terrible. El manto gigante de la penumbra se fundía con el cielo aquella madrugada. Solo dos farolas medio encendidas alumbraban la gran avenida. Santiago andaba lentamente, con un cigarrillo medio apagado entre los labios. El frío le estaba congelando de una forma que creyó morir. La calle, desierta, no escuchaba los lamentos de Santiago; permanecía callada, acogiendo el eco de las pisadas del joven desgraciado. Una niebla espesa lo cubrió por completo, colándose entre su cabello desaliñado y su gabardina vieja. Llevaba el móvil en la mano. Aunque decidía guardarlo en el bolsillo todas las veces que él considerara oportuno, nunca dejaba de encender la pantalla y mirarla. ¿Dónde estaba aquella llamada perdida, o ese mensaje que tanto esperaba? Pensó que se había esfumado con el bullicio que horas antes había adornado la calle principal. O quizás se escondía entre la niebla, callado y paciente.
Los ojos de Santiago estaban hinchados de tanto llorar para nada. Las comisuras de la boca estaban agrietadas, gastadas. Tenía la nariz herida, como si se hubiera golpeado. Su cabello desaliñado y sucio y su aspecto de vagabundo sin pretender serlo se perdían entre la niebla, que cada vez que se hacía más densa. Su expresión era de derrota, de fracaso absoluto. Santiago se sentía perdido, desesperado. Sus gritos de silencio se ahogaban por la calle a medida que andaba, nervioso por encontrar algún sitio donde perderse para siempre. Cuando iba a doblar la esquina para buscar su paraíso infernal, Santiago observó que alguien le estaba mirando fijamente. Sus ojos se clavaron de inmediato en una mujer que se encontraba sentada entre algunas bolsas de basura. Su aspecto era muy desagradable, con heridas abiertas por todos lados. Si él no se hubiera dado cuenta de que ella emitía extraños sonidos y parpadeaba, habría creído que estaba muerta. Estaba medio desnuda y tenía algo en su regazo. Al principio creyó que era comida de la misma bolsa de basura, pero se dio cuenta de que era un bebé. La mujer lo movía entre sus delicados y sucios brazos. Santiago se acercó un poco más. El bebé estaba dormido, pero tenía en el rostro una expresión rara. Pudo comprobar que los sonidos que emitía la mujer eran versos en forma de nana. Algo paralizó al chico, que cada vez se acercaba más para contemplar la dulce escena: el bebé estaba muerto. Santiago notó que sus piernas no le respondían. El niño no respiraba y su blancura demostraba que aquel ser pequeño y bello no pertenecía al mundo de los vivos. Santiago observó a la madre, que seguía cantando como si su niño pudiera oírla con sus pequeños oídos. Algo dentro hizo que su corazón explotara en compasión y lástima. Aquella mujer no se daba cuenta de que su hijo no estaba vivo.
- Señora, su bebé…
- Lo sé.- pronunció la mujer arrastrando las palabras como si fueran cadenas de agonía.- Mi niño se ha ido. Pero no por eso no merece que le cante con mi mejor canción. Él permanece en mi corazón. Ahí sigue con vida.
Para su sorpresa, Santiago se incorporó de nuevo y observó a la mujer con pena. Había creído por un momento que estaba loca, pero no, sabía que su hijo ya era inerte. De pronto, de los ojos de la mujer empezaron a brotar lágrimas. Santiago no sabía qué hacer. La tristeza de la mujer se unía a la fría noche y al silencio de la calle. Sólo sus sollozos cubrían el ambiente a miseria y penumbra. Santiago no sabía qué hacer para consolarla, pues se encontraba de pie, quieto, petrificado ante semejante escena. A veces contemplaba el cadáver, con la esperanza de que todo fuera una pesadilla y que estuviera vivo, pero nada: el niño no se movía.
- Me niego a irme sin ayudarla.- se atrevió a decir tras algunos minutos de desesperación, pues su fatiga se lo estaba comiendo por dentro.
- Nadie puede ayudarme.- se lamentó la mujer, que parecía haber probado demasiado pronto el sabor de la despedida.- Moriré aquí con él. No quiero abandonarlo. No ahora. Desde que nació estuvo entre mis brazos, calentito. Yo lo protegeré de esta noche, y mañana por la mañana me habré ido con él a donde esté. Y ya no habrá dolor para nadie.
Las lágrimas de la mujer cesaron. Se acurrucó con su bebé entre las bolsas de basura, dejando ver sus heridas a la luz de la Luna. Santiago, por su parte, apagó el cigarrillo y lo tiró. Se puso de rodillas y depositó sus manos en ellas. Después bajó la cabeza y cerró los ojos, inclinándose ante aquella mujer que parecía perder el aliento en cada mirada que lanzaba a su hijo, preocupándose más por él, que ya no vivía, que de ella, que faltaba muy poco para que dejara de hacerlo.
La madrugada parecía llegar a su momento de más intensidad. La oscuridad iba tragándose la luz restante que mantenía vivo el débil ajetreo de la ciudad. Santiago siguió su rumbo, perdido entre la niebla. Se aseguró de no pensar en aquella mujer y su bebé muerto, pero le era inevitable hacerlo. Se arrepintió y se sintió culpable de no poder haber hecho nada por aquellas personas, que se entregaban poco a poco al amparo de la noche. Cuando dobló la esquina, algo le llamó la atención desde lejos. La calle donde se encontraba estaba completamente vacía y los periódicos volaban al compás del aire, deleitándose tras un leve y escalofriante ruido provocado por el viento. Una luz brillaba a lo lejos y parecía como si se moviera. Santiago, confuso por el movimiento de aquel destello, decidió correr para averiguar tal enigma. Para su sorpresa, se encontró a una figura tirada en el suelo bañada en un charco color carmín: sangre. Una persona estaba herida en el suelo, y, a su lado, otra levantaba un cuchillo en alto que brillaba a través de la niebla. Santiago descubrió la procedencia de la luz.
- ¡Quieto! ¡No lo hagas!- gritó el joven errante, intentando parar al hombre que sujetaba el cuchillo con las manos.
- No hay nada que hacer. Es demasiado tarde. Lo maté.
Santiago volvió a sentir la misma sensación de parálisis que había sentido cuando había visto morir a la madre con su niño. Esta vez, una bocanada de rabia le subió por el esófago. Había presenciado un asesinato en medio de la calle, desierta, y de noche. Pensó que si quedaba allí parado, aquel hombre acabaría también con su vida. Sería mejor echar a correr antes de que el cuchillo se abalanzara sobre él, causando otra desgracia que acabaría con su propio aliento. O quizás, en vez de intentar cometer otro delito contra la vida humana ajena, aquel hombre se suicidaría, arrepentido por lo que había hecho. Miles de posibilidades llamaron a la puerta de la mente de Santiago, asumiéndolo en una fatiga increíble que provocó que empezara a sudar.
- Era mi hermano.- se atrevió a decir el asesino contemplando el cadáver.
- ¿Por qué acabaste con él?
- Se fugó con mi esposa. ‘Escapada romántica’.- dijo el hombre con un tono de asco que a Santiago le pareció desagradable.- Éste era un desgraciado. Creo que la muerte es demasiada tranquilidad para él. Tenía que haberlo torturado, ¿no crees? Ese sí que sería un buen castigo…torturarlo hasta la muerte. Sufrimiento, dolor…
Aquel hombre arrastraba las palabras como si fuera una serpiente. Santiago no daba crédito a lo que oía. Estaba ante un psicópata que disfrutaba haciendo planes de tortura fallidos. Por un momento pensó que dicha tortura podría ser practicada con él para otras posibles víctimas, pero el aspecto amenazante de su receptor, que parecía que en cualquier momento se iba a abalanzar a degollarle con el cuchillo, le atemorizó aun más, haciéndole olvidar aquellas conclusiones.
- ¿No te parece buena idea?- preguntó el asesino, esperando con impaciencia la respuesta de Santiago, como si dependiera de ella.
- Estás loco.- dijo Santiago expresando lo primero que se le vino a la mente, sin tener en cuenta el riesgo que corría.
El asesino se abalanzó sobre él y le bloqueó los brazos, colocándole el cuchillo frente a los ojos. Su mirada era la más temible que Santiago había visto jamás. Era como si una bestia feroz se le hubiera echado en lo alto, arrollándole todo el poder de sus sentidos. Santiago se sentía prisionero de un desconocido, cautivo hasta desde sus propias fuerzas para contraatacar. Sacó la voluntad de algún sitio inimaginable y se quitó al asesino de encima, arrojándolo brutalmente a un lado. Santiago comprendió que lo que había hecho había sido su perdición: ese era su final. En cualquier momento, el psicópata se le echaría encima y lo bañaría en sangre con puñaladas.
Pero el hombre no se movió. Permaneció en el suelo. Santiago se acercó con cuidado al cuerpo paralizado del asesino, intentando encontrar algún rastro de consciencia. Pero no se movió nada. Algo le pareció extraño: el cuchillo no se encontraba a su lado. Santiago se imaginó lo peor que se podía imaginar. Para confirmar sus temibles sospechas, levantó el cuerpo y pudo observar el cuchillo clavado en el corazón de aquel hombre, con un charco de sangre debajo. Había matado a su propio verdugo. La suerte le había acompañado esta vez pero no sabía si era mala o buena. ¿Qué debía de hacer ahora? ¿Eso era lo que se sentía tras haber matado a una persona accidentalmente? Intentó barajar las distintas posibilidades. Por un lado, el asesino había matado a su hermano y se merecía ese final. Por otra, Santiago le había arrebatado la vida a una persona. Era un accidente, pero no era ninguna pesadilla: lo había matado de verdad. El horror empezó a subir por el esófago de Santiago. No sabía qué hacer, estaba completamente aterrorizado. Por un momento había olvidado la desdicha de la mujer y su problema inicial, el que ocupaba toda su mente minutos después de salir de casa.
La niebla pareció disiparse. Santiago caminaba más hundido que antes. La carga emocional que se había adentrado en su mente debido a lo ocurrido aquella noche estaba acabando con él poco a poco. La mujer, el niño, el asesino, el cadáver de su hermano, el intento de acabar con su vida… ¿Qué más podía ocurrir? Se había convertido en asesino en cuestión de un cuarto de hora y se sentía frío, distante de todo lo que le rodeaba, y sobre todo diferente. Caminó un poco más y encendió otro cigarrillo, envuelto en nervios. Entró a un bar solitario y lúgubre, cuyas luces iluminaban los rastros de la niebla, que se iba perdiendo poco a poco en la oscuridad de la noche.
- ¿Qué le pongo, señor?- dijo el camarero arrastrando las palabras.
- Un café. Bien cargado.- respondió Santiago, sentándose en un taburete y sacando el móvil para retornar a su pensamiento inicial.
Por más que miraba la pantalla, no aparecía ninguna llamada perdida, ningún mensaje o ningún rastro que le asegurase que todo estaba bien. Su cabeza estaba dando vueltas a toda velocidad. Reflexionó sobre qué pensaría Sara si supiera que Santiago era un asesino. Lo odiaría aún más de lo que le odiaba. Se agitó el cabello. El camarero, con gesto sombrío y mirada diabólica, le puso el café ardiendo. Realmente daba miedo verlo mientras limpiaba los vasos. El bar estaba solo; no había ni un alma. Santiago pensó que esa era una de las peores noches de su vida, y una de las más extrañas…
- ¿Esperando señales de vida?- dijo el camarero sin mirar a Santiago, que se frotaba el cabello mientras metía la cabeza entre sus brazos, cuyos codos estaban apoyados en la barra.
- No quiere saber nada de mí…- dijo Santiago con un tono de desesperación que le causó sorpresa.
- Podemos cometer un error en segundos- siguió el camarero parando de limpiar. Dirigió su mirada a Santiago, que seguía cabizbajo y sin ánimos, mirando de vez en cuando la pantalla del móvil para recobrar la esperanza- pero remediarlo nos lleva años y años, incluso siglos. Y cuando creemos que todo está bien, volvemos a caer en la misma piedra. Así funciona la vida humana: una cadena de fracasos infinitos.
- Ahora no me llama. Ni me manda algo para saber que está bien. Me arrepiento tanto de haber pagado mi inseguridad con otro cuerpo…
- Amigo, bienvenido al mundo de la noche. Este bar está casi siempre desierto. A veces salgo a la calle a mirar por los alrededores. Mendigos, desgraciados, ladrones, muertos de hambre que se dedican a la delincuencia, niñatos…la noche es un refugio para todos ellos. Por el día se equivocan, huyen de los problemas. La noche les da amparo y silencio, lo que ellos necesitan para protegerse en su tormento. No se dan cuenta de que son fracasados; no aceptan la derrota, y por eso buscan oscuridad para ocultarse.
- Supongo que formo parte de ellos ahora que he vuelto a caer en la misma piedra.
El camarero se paró en seco. Miró fijamente a Santiago y se acercó con expresión de que le contara más detalles. Le habló de la mujer moribunda entre las bolsas de basura, de la nana y de su niño muerto. También le mencionó al asesino y a su hermano, y el crimen que había cometido sin querer. Después del relato el camarero frunció el ceño.
- Tranquilo. Hoy en día a la mayoría de asesinos los dejan sueltos por las calles. Y ellos corren a refugiarse en la noche, ocultándose de todo.
- Yo no quería…
- Silencio. Oigo algo.- dijo el camarero dejando el trapo encima de la barra y saliendo de ella, atravesando la puerta para ver lo que sucedía. Intento llamar la atención de Santiago, que seguía sumido en sus pensamientos. Éste se dio cuenta de que todas las personas que había visto aquella noche habían probado el sabor tan amargo de la derrota: la mujer y el niño, el asesino y su hermano…todos habían muerto, sin la oportunidad de arreglar los errores que habían cometido. Seguramente la mujer murió por desatenderse a ella misma y descuidar a su pequeño excepto cuando lo veía todo perdido en el último minuto. El asesino estaba cegado por los celos y acabó con su hermano, lo que le produjo una increíble rabia que pagó con Santiago, que a su vez acumuló una aberración más: asesinar a una persona. La desesperación y el sufrimiento personal pusieron al chico en una agobiante situación. El camarero seguía captando su atención.
- ¡Corre, rápido!- exclamaba desesperado.
Santiago fue a ver. No podía creer lo que veía. A lo lejos, casi al final de la calle, alguien idéntico a él llevaba a Sara en brazos. Ésta lloraba y pataleaba, como si no quisiera ir con su portador. Santiago se dio cuenta de que quien llevaba a la chica en brazos era él mismo. Corrió, gritando desesperado, sin nada que perder. Pero su doble corría más y más rápido y los gritos de horror de Sara se hacían más fuertes, hasta que se distorsionaron de una forma que se convirtieron en berridos extraños, como de monstruo.
Santiago abrió los ojos. Miró a su alrededor. Estaba tendido sobre la cama, vestido con una camiseta de manga corta y un pantalón largo a modo de pijama. La luz del Sol entraba por la ventana. Sara apareció por la puerta con el desayuno y una de sus mejores sonrisas.
- ¿Cómo ha dormido mi príncipe?
Santiago se dio cuenta de que todo había sido una pesadilla. Parecía todo tal real que le costó despertarse. Abrazó a su novia y la besó suavemente, como si quisiera disfrutar de sus besos lo máximo posible, como si quisiera parar el tiempo para nunca más hacerlo volver.
- Nunca te dejaré ir. Te lo prometo. El simple hecho de pensar que te puedo perder me hace convertirme en un monstruo. No puedo vivir sin ti. Si me faltas, soy solo un fracasado…
- Nunca me perderás, Santi.- dijo Sara con una sonrisa.- Prometido.

Y diciendo esto Sara se abrazó a su chico, sonriendo mientras cerraba los ojos fuertemente. Santiago recordó el consejo del camarero y decidió eliminar las piedras de su camino. La buena suerte le había dado un aviso. No tendría tanta fortuna la próxima vez, cuando los errores le atormentaran de verdad. 

domingo, 13 de enero de 2013

La mujer de la ventisca


LA MUJER DE LA VENTISCA

Llegué a Frozeart Cry una noche de invierno. Recuerdo haber visto la elegancia de las montañas nevadas. La nieve brillaba más fuerte que el Sol, que por aquel entonces no se dejaba ver mucho. Llegué al pueblo desorientado. Todas las casas estaban cerradas y sólo se podía divisar con claridad un espeso bosque a lo lejos en las montañas. Frozeart Cry parecía un pueblo fantasma, nadie estaba en la calle. Parecía como si todas las ventanas de las casas estuvieran destinadas a estar selladas eternamente. Una leve tormenta de nieve azotaba por aquel entonces el poblado, aunque pude soportarla hasta llegar a un refugio a las afueras. Toqué unas cuantas veces y una anciana muy simpática tuvo la amabilidad de abrirme.
- ¡Pasa, hijo! ¡Tendrás que estar helado!- me decía sonriendo.
- ¡Por fin alguien caritativo que me abre sus puertas! Este poblado parece estar muerto, ¿vive mucha gente?
- Pues no, la verdad. La mayoría se fueron a la gran ciudad. ¡Pero pasa, no te quedes ahí!
Entré en el refugio tiritando de frío. Había bastante gente, aunque el lugar era pequeño y acogedor. Había una gran chimenea en el norte, acompañada de sillones y una pequeña cocina. También había unas cuantas habitaciones y un baño. La gente que allí se encontraban estaban reunidas alrededor de la chimenea, como esperando a que alguien llegase.
- Llegas justo a tiempo, jovencito. Estábamos a punto de empezar nuestra historia.- dijo la anciana ofreciéndome asiento.
- Es todo muy extraño.- dije preocupado.- ¿Por qué no hay nadie en este pueblo, y por qué está todo cerrado?
- Todos marcharon porque estaban aterrados…- dijo la anciana bajando la mirada.
- ¿Aterrados?- pregunté extrañado.
- Por la leyenda de la mujer de la ventisca.- se atrevió a decir una chica que estaba sentada al lado mío.
- Veréis jovencitos.- dijo la anciana sentándose en el centro de donde estábamos sentados.- Os contaré una historia cuyos orígenes se remontan cincuenta años atrás, cuando el poblado se limitaba a cuatro o cinco casas viejas.
Sentí curiosidad por las palabras de aquella anciana tan enigmática y decidí escuchar. No me venía nada mal una buena historia para integrarme.

Hace mucho tiempo, cuando Frozeart Cry era sólo el comienzo de algo nuevo, vivió un anciano llamado Bastian con sus dos nietos: Danny y Marley. Bastian trabajaba como herrero y alimentaba a sus nietos como podía, a pesar de lo poco que ganaba. Todo se lo debía a los visitantes, que se interesaban por sus curiosas piezas. Muchos coleccionistas pagaban mucho dinero por sus colgantes en forma de cristal de nieve. Se contaba por ahí que tenían propiedades mágicas, aunque Bastian no se consideraba ningún hechicero o curandero. Danny y Marley vivían ajenos al negocio de su abuelo. Ellos también tenían colgantes en forma de cristal de nieve. Bastian les decía que habían sido de su abuela, que había muerto años atrás. Los chicos no tenían padres. Los habían abandonado cuando eran pequeños, así que sólo tenían a su abuelo, que los quería con locura.

A pesar de la vida diaria en Frozeart Cry, Marley acostumbraba a ir al bosque a recoger frutos cuando tenía tiempo libre y la escuela se lo permitía. Danny le acompañaba pocas veces, ya que su afición favorita era quedarse en casa leyendo o estudiando. En el bosque, Marley se sentía como en casa. El invierno era su pasión y le encantaba jugar a guerras de nieve con sus amigos. Pero un día, el cielo se oscureció de repente y los árboles empezaron a bailar fuera de lo común. Los amigos de Marley, asustados, huyeron despavoridos del bosque. Ella se quedó, muerta de curiosidad. El frío aumentó y la luz fue desapareciendo poco a poco. El bosque ahogó un grito que le produjo a la chica escalofríos. El grito que Marley acababa de oír parecía el de una mujer. Entonces recordó lo que su abuelo le contó un día. Contaba la leyenda que una mujer vestida de blanco y con la cara pálida vagaba por el bosque sin motivo al aparecer la ventisca, lamentándose por la pérdida de su amado. El amado la había abandonado y se sentía sola, y por eso chillaba. Algunas personas se atrevían a decir que era un fantasma que no podía descansar en paz. Otras, sin embargo, recurrían a la escusa de que era el aliento del viento helado. Marley se estremeció.
- ¿Quién anda ahí? ¿Eres la mujer de la ventisca?
Una silueta negra apareció de entre las sombras. Marley intentó retroceder algunos pasos, pero se dio cuenta de que estaba paralizada. La luz invernal dejó ver poco a poco la identidad del extraño. Era Danny.
- ¡Me habías asustado!
- ¿Estás bien? Salí a buscarte porque se hacía tarde, y me encontré a tus amigos, que salían del bosque aterrados. Lulú me dijo que tú seguías aquí.
- Pensaba que era la mujer de la ventisca.
- ¿La mujer de la ventisca? ¿Tienes trece años y todavía te crees esas tonterías? ¡Son cuentos de viejas!
- ¿No has oído el grito, Danny? Parecía como si hubiera gritado una mujer…me estoy asustando.
- Venga, Marley. Deja de pensar esas tonterías y vayámonos a casa. El abuelo Bastian está a punto de hacernos la comida.
Pero Marley no se movía.
- ¿Estás sorda, enana? ¡VÁMONOS, QUE ME MUERO DE FRÍO!
- No te muevas, Danny…ni mires hacia atrás.
Marley tenía los ojos salidos de las órbitas. Los tenía tan abiertos que no era capaz de parpadear. Danny empezó a reírse a carcajadas y quiso poner a prueba a su hermana mirando hacia atrás. Quedó paralizado.
- Pero que…
Una mujer con expresión de dolor y con la cara más pálida que el cielo del frío invierno le miraba atentamente. Su pelo blanco se movía a la par de la ventisca. Danny miró fijamente a aquella mujer. Le parecía la chica más bella del mundo, a pesar de sentir escalofríos en su interior. Marley intentó agarrar a su hermano, pero no fue capaz. Un estallido de luz hizo desaparecer tanto a Danny como a la mujer pálida.
- ¡DANNY! ¡DANNY!
Misteriosamente, Marley pudo observar que se iban formando huellas deformes en la nieve. Decidió seguirlas, desesperada por el hecho de saber si le había pasado algo a su hermano. El camino de huellas le llevó a una extraña cueva. El ambiente de silencio le puso el cabello de punta a la chica, que cada vez tenía más miedo, aunque estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de recuperar a su hermano. Entró en la gruta decidida a traer de vuelta a Danny y para su sorpresa, no había nada. Una voz dulce pero escalofriante se hizo presente a sus espaldas.
- Déjame verlo…
Marley se giró con cuidado. Y allí estaba de nuevo. Una mujer con la tez tan blanca como la misma nieve que pisaba. Marley pensó que posiblemente en el pasado, la mujer de la ventisca había tenido una belleza insuperable, pero que con los años había ido de mal en peor.
- ¿Dónde tienes a mi hermano?
- Soltaré al chico…si me dejas verlo…
- ¿Dejarte ver? ¿El qué? ¿Qué pides? No sé lo que quieres decir…
- Déjame ver…una vez más…por favor…
La mujer de la ventisca se agarró fuertemente la garganta y luego se la acarició señalando una especie de colgante que llevaba encima. Le hizo a Marley señas para que se acercara, pero ésta no se movió. La chica, extrañada, centró la mirada en el colgante e intentó ver qué forma tenía desde lejos. Aquella forma le sonaba tanto que terminó por acercarse más a la mujer de la ventisca, que levitaba sobre el suelo. Concentrándose en no perder la atención del colgante, Marley pudo comprobar que tenía forma de cristal de nieve. Pero no era un cristal de nieve normal y corriente. Aquellas formas tan refinadas y elegantes solo se hacían bajo las manos del abuelo Bastian. La chica dio un paso atrás y amenazó al fantasma con la mirada.
- ¿Qué le has hecho a mi abuelo? ¡Contesta!
- Haz que venga aquí…por favor…no puedo salir de este bosque…estoy atrapada…
- ¿Qué quieres de él?
- Llévale el colgante. Y lo entenderá.
Marley fue corriendo a casa, con los ojos llenos de lágrimas y con el colgando tambaleándose en sus manos. No podía ver la relación que tenía aquel cristal de nieve fabricado por el abuelo con ese fantasma que aparecía en los días de ventisca en el bosque. Por otra parte estaba preocupada por Danny. Pensaba en que cuando el abuelo Bastian hubiera ido al encuentro de la misteriosa mujer, ésta soltaría a su hermano con un aspecto horrible y muerto de miedo.
Entró en casa con el corazón en la mano y llena de nervios, dispuestos a solucionar el enigma que le estaba atormentando el día. El abuelo Bastian estaba durmiendo en el sofá plácidamente. A Marley le dio apuro despertarlo, pero no tenía otra opción.
- ¡Abuelo, abuelo! ¡Despierta!
No hubo respuesta. El abuelo Bastian estaba sumido completamente en sus más placenteros sueños.
- ¡Abuelo! ¡DESPIERTA!
La voz atronadora de Marley hizo que el anciano se cayera del sofá, golpeándose en el brazo y mirando extrañado a su nieta con los ojos hinchados del sueño.
- ¡Danny está en peligro, abuelo! ¡Tenemos que ir al bosque!
- ¿DANNY EN PELIGRO? ¿QUÉ HA PASADO? ¿DÓNDE ESTÁ?
Marley no sabía cómo explicarle al abuelo Bastian lo que había sucedido. ¿Cómo podía empezar? Lo mejor que podía hacer era entregarle el colgante. Según la mujer de la ventisca, lo comprendería todo. Marley le acercó el colgante con forma de cristal de nieve a su abuelo. Éste abrió los ojos como platos.
- Ella…es ella…
El abuelo Bastian se levantó de inmediato y salió por la puerta, ordenándole a su nieta que le siguiera. Tenía los ojos llorosos y el rostro más arrugado que antes. Cuando llegaron al bosque, seguía abandonado. Era como si hubiera muerto mientras Marley estaba en Frozeart Cry y ahora solo quedara el cadáver de los viejos árboles. Pero a pesar del aspecto tétrico del bosque, ella estaba allí. El abuelo Bastian abrió los ojos y cayó de rodillas, aumentando el número de sus lágrimas. La mujer de la ventisca llevaba de la mano a Danny, que mostraba una expresión serena y tranquila.
- ¡Danny!- gritó Marley sin poder creerse el estado en el que había aparecido su hermano. Los dos chicos se abrazaron.
Bastian y la mujer de la ventisca intercambiaron una cálida mirada.
- Volvemos a vernos, Glaciela.
- Juntos…otra vez…Bastian.
Marley pudo comprobar que en los ojos de su abuelo florecía una sensación de alegría y gozo, como si todo alrededor pudiera desaparecer menos aquel fantasma.
- ¿Qué pasa abuelo? ¿Conoces a esta mujer?- preguntó Marley extrañada.
- Sí.- confirmó Danny sonriendo.- Glaciela me estuvo contando que el colgante del cristal de nieve se lo hizo el abuelo Bastian. Ella fue su único amor verdadero, pero la repentina muerte por una enfermedad de ella la hizo perderla para siempre.
Marley no podía reaccionar ante las palabras de su hermano.
- Pero Glaciela no podía irse al otro mundo sin antes despedirse de él, al menos en alma.
- ¿No se despidieron?
- No. Y por eso vive atrapada en este bosque, que fue el lugar donde se vieron por última vez. Hasta que hoy, por fin, se han vuelto a ver.
Marley se acercó más al abuelo y a la mujer para oír la conversación que estaban llevando a cabo. La chica estaba asimilando poco a poco la información que su hermano le acababa de contar.
- Solo…quería despedirme de ti…- dijo Glaciela arrastrando las palabras.
- Hace tanto tiempo de aquello…
- Ahora que he visto de nuevo tus ojos, puedo irme tranquila.
El abuelo hizo intento de tocar el rostro de Glaciela, pero no pudo.
- Te he amado desde entonces.
- Lo sé. Lo he sentido, Bastian. Por eso estoy aquí.
- Quédate conmigo para siempre.
Marley estaba confusa. ¿Qué quería decir el abuelo con esa frase que le había dicho a la misteriosa mujer? ¿Estaría delirando? La mujer asintió, y el anciano se dirigió a sus nietos y los besó en la frente. Le dijo a Danny que cuidara de su hermana y que se portaran bien. Ya eran mayores para tomar decisiones sin él y para comenzar a vivir sus vidas. Marley se abalanzó a los brazos del abuelo y Danny lloró con la cabeza baja. Era inevitable: el abuelo estaba dispuesto a irse con Glaciela para siempre. La mujer le cogió la mano al anciano y le besó. Juntos llevaron entre sus dedos el colgando del cristal de nieve, entrelazado en los dedos. Poniendo rumbo a lo más espeso del bosque, una luz brillante como el astro rey los envolvió hasta desaparecer.
- ¡Nunca nos olvides, abuelo! ¡Te queremos!
- ¡Te guardaremos el secreto!
Y con una expresión de dolor en sus rostros, pero a la vez de felicidad por su abuelo, los dos chicos emprendieron el camino de regreso a casa, inmortalizando para siempre la historia de amor de Bastian y Glaciela en lo más profundo de sus recuerdos.

Cuando la anciana terminó de contar la historia, me quedé alucinado. Parecía tan real que no sabía de qué maravillosa manera resumirla sin dejarme atrás algún detalle importante.
- ¿Vive aún esa tal Marley?- pregunté con tono de curiosidad.
- En efecto, jovencito. Soy yo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

El joven Narciso


EL JOVEN NARCISO

Cuentan las leyendas pueblerinas que no hay más condena eterna que vivir enamorado de alguien que con certeza se sabe que no va a ser correspondido. El amor a veces puede ser una explosión de sensaciones nuevas, aunque otras veces puede ser la mayor de nuestras perdiciones. Algo parecido les ocurrió a nuestros dos protagonistas: Ameinias y Narciso. La amistad puede ser peligrosa cuando se trata de un futuro acercamiento a sentimientos más profundos. Parece ser que dicho proverbio no fue aceptado muy bien por Ameinias, un joven griego que disfrutaba yéndose de caza con su amigo Narciso a los bosques más profundos y misteriosos de su tierra. Éste, siempre gentil y generoso, hablaba animadamente con su compañero de aventuras cuando de pronto, vieron a un ciervo correr como un relámpago entre la hierba. Ameinias se lanzó a cazarlo con su poderoso arco, pero su amigo le paró cuando estaba a punto de disparar la flecha.
- Es sólo una cría, Ameinias. Déjala vivir.
El espíritu noble de su amigo y sus ojos azules que reclamaban clemencia fue lo que hizo que el joven arquero se enamorara de él. Narciso y Ameinias pasaban muchas horas en el bosque. Su afición favorita era discutir de ética con los faunos, que sonrientes, les dedicaban siempre una agradable conversación. Otras veces, las hadas eran las que les pedían ayuda para reunir magia a través de la corteza de los árboles. Donde hubiera un pájaro herido o un espíritu del bosque enfadado, allí estaban Ameinias y Narciso para calmar el ambiente y asegurar que todo estaba bien.

Un día, Ameinias sintió que un aviso en su corazón le impulsaba a contarle la verdad a su amigo sobre sus sentimientos. Entonces, el joven cazador llevó a Narciso a lo más profundo del bosque, cerca de un manantial de claras aguas. Narciso, extrañado por la decisión de su amigo de ir a ese sitio, le pidió explicaciones amablemente.
- Sólo hay una razón por la cual estás aquí, Narciso.- empezó a decir Ameinias con el corazón en la mano y rezando a los dioses para que todo saliera bien.- Nos conocemos de mucho tiempo y cada día nos hemos forjado como amigos hasta tal punto que nos hemos convertido en hermanos. Quería confesarte el secreto que he guardado dentro de mí desde hace mucho. Y espero que ese secreto no rompa nuestra cadena fraternal nunca.
Ameinias cogió las manos de su compañero y respiró hondo, contemplando su reflejo en el lago. Acto seguido, miró a Narciso directamente a los ojos y le besó. Narciso se quedó petrificado, temblando al mismo tiempo que soltaba las manos del joven arquero.
- ¿Qué…acabas de hacer…?
- Mi secreto es el secreto del amor, el amor que siento por ti y que tanto he temido confesarte hasta el día de hoy.
Narciso quedó mudo al oír esas palabras de la boca de su amigo. Con una mueca de rechazo, huyó a toda prisa hacia la salida del bosque, asustado. Ameinias, que no podía creer lo que estaba pasando, se arrodilló frente al lago y contempló su rostro en el agua. Alguien estaba llorando dentro del manantial. Era él. La soledad que sentía al no estar su compañero le hundió todavía más. ¿Con quién descubriría la magia en la corteza de los árboles para las hadas a partir de ahora? ¿Quién conversaría con los faunos sobre ética? Ameinias, que parecía enloquecer por lo que había hecho, se dirigió hacia la salida del bosque, destrozado y acompañado por un cortejo de lágrimas que parecían no tener fin.

Pasaron los días y Narciso no volvió a ver al joven cazador. Éste se pasaba todo el tiempo en su casa, destrozado. Ya no tenía ganas de salir a cazar o pasear por el bosque. No sin Narciso. Muchas veces intentó ir a su casa para tener noticias de él, pero la puerta nunca se abría si era Ameinias el que llamaba. Una noche, ensimismado en su propia locura y desesperación, Ameinias cogió un puñal de la mesa de su cocina y se dirigió a la casa de su amado, con los ojos llenos de lágrimas y la mano sangrando de tanto apretar el mango del cuchillo. Tenía una rabia contenida en el cuerpo que no sabía de qué manera la podía hacer explotar. Las velas de la casa de Narciso estaban apagadas. Parecía que no había nadie en ella. Ameinias dio unas vueltas alrededor del edificio, esperando a que alguien viniese. Estaba loco por saber algo de Narciso, aunque fuese un segundo de su vida después de lo que pasó. Ameinias miró el puñal. Sabía perfectamente lo que hacer con él.
<<Diosa Némesis, si estás ahí arriba, si me oyes…acógeme en tu regazo cuando ya no esté en este mundo. Fui valiente, me arriesgué aceptando todas las consecuencias, pero fallé y la desesperación se me hace eterna. Después de tanto tiempo de espera, fallé. Después de pasar casi toda mi vida enamorado de Narciso, este es el final que me espera. Un final que me aliviará de todo mi agobio y locura. Un final que se verá acompañado de un sudor frío que recorrerá todo mi cuerpo hasta caer. >>
No había número de lágrimas para describir el llanto de Ameinias por el rechazo de Narciso. Cuando el puñal estaba a punto de rozar el pecho del joven, la diosa apareció en forma de luz.
- Quieto, Ameinias.
Ameinias se vio sorprendido por la cegadora luz que tenía voz de mujer. Era la diosa Némesis, la diosa de la venganza, que había hecho acto de presencia sobre el tejado de la casa de Narciso.
- ¡Alabados sean todos los dioses! ¡Alabada sea la diosa Némesis!
- ¿Qué te araña la conciencia, joven cazador?
- Alguien que vive a escasos centímetros de aquí pertenece a mi corazón. Pero él no quiere saber nada de mí. Y quiero acabar con este sufrimiento mediante mi propia muerte.
- ¡No seas cobarde, Ameinias! ¡Y afronta el olvido como un hombre!
- No hay tiempo para afrontar nada. ¿Acaso puedes hacer que me ame?
- No puedo hacer que tu amado te ame. Ni tampoco puedo hacer que tú le olvides. Pero puedo hacer que sienta el mismo daño que tú estás sintiendo por no ser correspondido.
- Eso me consuela. Aunque sigo pensando que ya no valgo nada si no tengo sus palabras.
Ameinias levantó el puñal y envuelto en lágrimas se lo clavó en el corazón. La luz se oscureció y se volvió más negra.
- El amor duele mucho más que esta herida de puñal…- dijo Ameinias. Cayó al suelo inerte, con sus ojos clavados en la casa de Narciso. La luz del tejado desapareció tras un estallido.

Liríope, la madre de Narciso, encontró el cadáver del joven Ameinias unas horas más tarde. Cuando Narciso se enteró de la muerte de su amigo ardió en locura y se dirigió al bosque. Mientras sus lágrimas brotaban de sus ojos, observó que los faunos y las hadas lo evitaban, escondiéndose en los huecos de los árboles y entre los arbustos. La noche parecía llegar a su fin y los pájaros que cantaban para anunciar la mañana no hicieron acto de presencia. La vida en el bosque estaba paralizada. Parecía como si el tiempo se hubiera parado. Todo estaba más oscuro de lo normal y el silencio protagonizaba una de las estampas más tristes de las profundidades de aquel paisaje. Narciso corrió y corrió hasta llegar al manantial donde Ameinias le había confesado su amor. Recordó los momentos felices junto a su amigo y se arrepintió de la reacción que había tenido aquel día. Miró las claras aguas que brillaban con los primeros rayos de Sol y cayó de rodillas ante ellas con lágrimas en los ojos. De pronto, sintió una sensación rara, como si el lago le estuviese llamando. Observó que no podía moverse de allí y que sentía como si necesitase el agua de aquel manantial para vivir. Sintió un profundo deseo de tocar su reflejo, una sensación que no parecía tener fin; una sensación que le hizo pensar que sentía amor por primera vez. Pero amor por ese joven que se movía dentro del agua. Aquel joven le sonaba mucho, e incluso hacía muchos gestos como él. Desesperado por tocar a aquel muchacho que se parecía tanto a él, cayó al agua, ahogándose en el acto debido a la profundidad del lago. El silencio después de las salpicaduras del agua marcó la salida del Sol.

Hadas y faunos cuentan que varios días después del suceso brotó una flor a la que llamaron narciso. Esa flor adornó el lugar donde Ameinias y Narciso pasaron sus últimos momentos juntos, antes de que la vida de ambos cambiara para siempre. La diosa Némesis cumplió su misión: Narciso había saboreado el dolor del amor no correspondido. Pero no de una forma normal y corriente, sino de una forma en la que Narciso nunca conseguiría obtener aquel amor del que se había perdidamente enamorado, ya que como los faunos y las hadas pudieron comprobar, su único amor verdadero fue su propio reflejo en el agua. 

La noche del gato


LA NOCHE DEL GATO

Eran más de las doce de la noche cuando Vetmi absorbió el humo de su último cigarrillo y se dispuso a bajar la calle de la ciudad. Todas las ventanas estaban cerradas. Se podía decir que ningún alma se atrevería a pisar aquellos charcos que brillaban a la luz de la nublada Luna. Mientras bajaba la increíble cuesta que adornaba la calle principal, tiró el cigarrillo hacia una farola cercana y se paró en seco a pensar en unas cuantas cosas que rondaban en su cabeza.
<< ¿Por qué la mala suerte me acompaña estos últimos días? Me doy asco. Ahora sí que me arrepiento de no haber vivido mi vida; he desperdiciado mi única oportunidad de ser feliz. >> 
- ¿De verdad crees eso?- preguntó una voz a sus espaldas.
Vetmi miró hacia ambos lados pero no vio nada. Se preguntó quien habría sido capaz de leerle la mente. Quizás serían imaginaciones provocadas por los sorbos de la botella de ron que llevaba en la mano. Miró detrás de la farola, pero no vio absolutamente a nada ni a nadie.
- ¡Quién anda ahí! ¡Sal de donde estés!
No hubo respuesta. Creyendo que todo había sido una ilusión provocada por el alcohol, siguió caminando. Esta vez, estaba llorando. Sus lágrimas bañaban su rostro como si fueran gotas de rocío que señalaban el amanecer. Pero claro, pensó que todavía quedaban muchas horas para el amanecer.
- No huyas, humano. Sé por qué estás aquí.
Vetmi volvió a mirar a ambos lados de la calle, pero no había nadie. ¿De dónde procedería la misteriosa voz que parecía querer dialogar con él? De pronto, Vetmi no creyó lo que estaba viendo. Un gato, acompañado de otros de su especie, se acercaba sigilosamente al pobre desgraciado. Vetmi se situó debajo de otra farola para verlos mejor. Se hizo el silencio. Los ojos del gato que iba en cabeza brillaban en la oscuridad de la noche. Mostraban elegancia y firmeza a la vez, una mezcla entre misterio e ironía. ¿Cómo podía Vetmi captar todas esas sensaciones si el gato era sólo un animal? Cada vez estaba más convencido de que no debería de haber bebido tanto.
- Así que vagas por las calles tentando al destino, humano aventurero…
Vetmi no era consciente de lo que estaba presenciando: el gato hablaba. ¡Hasta le pareció que sonreía! Los demás gatos se apartaron del que estaba en cabeza, que se acercó aún más a Vetmi. Éste dio un paso atrás.
- ¿Qué eres?- preguntó Vetmi asustado, soltando la botella de ron y sacando la navaja que llevaba encima.
- Soy un gato, normal y corriente, ¿no me ves?
- ¿Y cómo puedes hablar? ¡Eres un animal! ¡Los gatos no hablan!
- Yo soy un gato especial.- dijo el animal mientras sus compañeros se desvanecían en la oscuridad, maullando lentamente.
Vetmi estaba realmente asombrado. Por una parte, estaba allí, al pie de una farola, hablando con un gato sin haberlo visto nunca antes. Por otra, miles de emociones y sentimientos trágicos de su vida se arremolinaban en su cabeza.
- La muerte no es la mejor solución, amigo.
- ¿Quién dice que me voy a suicidar? ¡Tú no sabes nada, gato!
- Oh, sí lo sé. Esa navaja no la vas a usar conmigo, sino contigo.
- Pero qué dic…
- Piensa un segundo, humano. Lo has perdido todo, ¿cierto? Has perdido tu casa, el banco te la ha embargado como si de un juguete se tratara. Tu dinero ha desaparecido, simplemente por el hecho de que te lo has gastado todo en alcohol, y bueno, en esa navaja vieja que tienes entre los dedos. Por último, el amor de tu vida ya no te ama, sino que te ha sido infiel con otro hombre. ¿No son esas suficientes razones para suicidarse?
- ¿Cómo sabes todo eso? ¿Quién eres? ¿De qué me conoces?
- La cuestión no es ‘por qué se todo eso’, sino ‘por qué no tratas de olvidarlo’. ¿Sabes? La vida es demasiado corta para arrepentirse, y no creo que en la vida eterna te dejen hacer lo que hiciste en esta.
- ¿A qué te refieres?
- Me refiero a muchas cosas. Tu vida es esta y tú tomas el control de ella. Nadie tiene que vivirla por ti. Eres tú el que toma decisiones, el que se lleva los malos tragos, el que aprende a ser valiente. ¿Y vas a tirar por la borda todo el esfuerzo que hiciste con una simple navaja de mercadillo?
- ¿Y a ti que te importa mi vida? ¿Por qué me dices esto?
- Te recuerdo que tengo siete vidas, y estoy viviendo mi segunda oportunidad, humano. Ya sé cómo va el juego.
- Vivir… ¿de qué sirve vivir cuando no tienes lo que quieres?
Vetmi miró al gato unos segundos. Le dio de nuevo la sensación de que el animal sonreía irónicamente. Sus ojos cada vez brillaban más. Vio que caminaba hasta posarse sobre un escalón de la acerca. Acto seguido, se lamió la pata, como si estuviese disfrutando de la sensación.
- Mejor dicho, ¿de qué sirve vivir cuando no sabes hacerlo? Vivir no se trata sólo de tener corazón y latidos para alimentarlo. Vivir significa disfrutar de todos los momentos buenos y malos que tiene la vida. Los buenos permanecen como recuerdos inolvidables. Los malos pasan a formar parte de la experiencia. Tienes que vivir al máximo, nunca se sabe cuando puedes morir.
- Quizá la muerte sea la única que me comprenda ahora mismo…
- La muerte no comprende a nadie. Sólo se limita a hacer su trabajo: marcar el fin de la vida. La muerte es tu mejor amiga, pero no tienes que darle el gusto de caer en sus brazos tan fácilmente. Pónselo difícil, juega con ella y diviértete tomándole el pelo.
Vetmi se sentó bajo la farola, en el escalón, a escasos metros del gato, que seguía relamiéndose como si estuviera alegre por algo.
- Sal ahí afuera y demuéstrale a todos que te mereces una oportunidad.
- No quiero falsas oportunidades. Sólo quiero ser feliz. Pero parece que todo el mundo me ha dado la espalda. No puedo hacer lo que quiero. Siempre hay factores externos que me lo impiden.
- Oh, cielos. ¿Vas a impedir que la locomotora de tu autoestima se pare bruscamente? ¡Ve de fiesta, haz locuras y diviértete!
- Si eso fuera tan fácil…
- No eres tan mayor.- se atrevió a decir el gato mirando al pobre hombre con ojos convincentes.- Todavía te queda mucha vida por disfrutar. Tu cuerpo es bello y sano. Disfruta de las miles de personas que te están esperando fuera de esta farola. ¿Por qué reprimirte cuando te puedes entregar perfectamente al placer de la carne? Los seres humanos tenéis necesidades, y una de ellas es la lujuria. Os hace sentir bien.
- No me puedo creer que un gato me esté hablando de esto…- dijo Vetmi asombrado, al borde de la locura.
- Piénsatelo bien, amigo. ¿Por qué huir del regalo de la vida si puedes pasarte noche tras noche siendo un lobo hambriento?
El gato sonrió. Hizo un gesto para que Vetmi le siguiera. Éste, aún sin creerse que estaba conversando con un gato en mitad de la noche, le siguió con miedo. El animal le condujo a un lugar que parecía un pequeño descampado lleno de basura. Allí había unos cuantos cubos de basura y una tremenda y escalofriante oscuridad. De las tinieblas empezaron a surgir siluetas que parecían fantasmas, aunque sólo eran gatos maullando. Se acercaron a Vetmi y lo envolvieron como si fueran espectros transparentes. Vetmi intentó apartarse a los animales de encima pero estaba paralizado. ¿Qué le estaba pasando? Sentía que un sudor frío le azotaba la frente. Estaba agobiado. Sentía una sensación horrible, entre el miedo y la desesperación. Mientras, el gato parlanchín y de ojos brillantes le miraba con una sonrisa. Vetmi dejó caer la navaja y notó como los espectros que lo envolvían iban desapareciendo poco a poco.
- ¿Qué me has hecho?
- La pregunta no es esa, humano. La pregunta es: ¿Qué has hecho tú?
- ¡Esos fantasmas me han hecho perder la razón!
- No estás loco, amigo mío.- continuó el gato relamiéndose de nuevo la pata. Sus ojos se clavaron en los de Vetmi, acompañados de una sonrisa pícara y blanca.- Sólo estabas disfrutando tus últimos momentos de vida terrenal, si quieres llamarlo así…
- ¿Quieres decir que…?
- Exacto, humano. Te di la oportunidad de escapar cuando te hice la señal para que me siguieras hasta aquí. Pero no fuiste un chico listo. Desaprovechaste la última oportunidad que te dio la vida bajo la farola.
Vetmi dio un paso atrás y miró al gato con rabia. Intentó escapar pero más de veinte gatos le cortaban el paso con gestos de enfado. El gato que hablaba caminó despacio y lo miró con una sonrisa.
- ¿Alguna vez has visto a un gato sonreír, humano? Porque esta es la última vez que lo vas a ver.
- ¿Qué eres en realidad? ¡Tú no eres un gato normal y corriente!
- Tenías que haberme acusado de esa manera la primera vez. Te hablé sobre los placeres de la vida, del regalo de nacer y morir viejo. De que la muerte todavía no está lista para recibirte. Y aún así, decidiste seguirme después de la charla asumiendo todas las consecuencias. Efectivamente, no soy un gato normal y corriente. Soy algo más poderoso y oscuro que eso.
El animal caminó algunos pasos hacia una pared que protegía el descampado y su sombra se proyectó bajo unos focos encendidos que pertenecían a una fábrica cercana. Vetmi pudo comprobar que no era una sombra normal de gato. Era como si su estatura hubiera cambiado; ahora era más alto. De su cabeza no salían dos orejas, sino dos cuernos de cabra bastantes grandes. La cola se volvió más larga y las patas de gato se convirtieron en pezuñas. El gato con el que había estado hablando desde el principio no era un animal. Era el mismísimo demonio.
- Dios mío… ¡SOCORRO!
- ¡Tuviste la oportunidad de ver mi sombra bajo esa farola, ya que su luz la proyectaba en la pared! ¡Pero estabas demasiado ocupado pensando en si mi voz era real o no! Perdiste tu tiempo, ¡como lo has hecho durante toda tu vida! Tu mala suerte sólo es culpa tuya, y no del dinero, ni de tu casa ni de tu esposa. ¡Fuiste tú el que desaprovechaste todas las oportunidades que te ofreció la vida! ¡Aún estando al filo de la muerte, pudiste escapar de mis garras! ¡Pero decidiste seguir a un gato que habla en vez de ser feliz y escapar! Un pobre desgraciado, ¡eso es lo que eres!
Vetmi se quedó petrificado. Los gatos que le cortaban el paso se iban acercando cada vez más a él. Satanás mantenía sus pezuñas en alto, dispuesto a atacar. Vetmi se agachó y cogió la navaja que antes se le había caído cuando estaba aprisionado por los espectros. Miró al demonio por última vez con lágrimas en los ojos y puso la navaja frente a su pecho.
- Todavía me queda una salida.
- ¿Una salida? ¡No me hagas reír! ¿Es lo único que se te ocurre decirme segundos antes de ser despedazado por el demonio y más de veinte gatos?
- Cuando ya no hay puertas para abrir y encontrar caminos, la única cosa que te queda por hacer es salir de la puerta en la que estás.
Vetmi miró al cielo y se penetró la navaja en el corazón. Cayó al suelo con el pecho ensangrentado. El demonio lo observó con una sonrisa pícara. Los demás gatos se desvanecieron. Satanás se acercó al cadáver de Vetmi y lo observó minuciosamente.
<<Nadie escapa así como así de mi, humano>>. Y desapareció.